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Cuentos de terror: No me dejes

Hombre rogando

Yo le rogué que no me dejará, pero no quiso escucharme. Supliqué y grité afuera de su casa, pero ella nunca salió, ni siquiera se asomó a la ventana.

Yo la amaba, la amaba demasiado, y enloquecía al pensar que algún día podría perderla o que alguien más pudiera robármela. Seguramente fue eso lo que echó a perder las cosas, pero estaba dispuesto a demostrarle que sólo juntos podíamos ser felices.

La busqué durante los siguientes días, y aunque me evitaba siempre pude toparme con ella unos minutos para pedirle que no me dejara. Ella me miraba con desprecio y huía de mí.

Yo seguí buscándola, y alejaba a quienes intentaban acercarse a ella, pero siempre supo cómo salirse con la suya. Así que tuve que tomar medidas más severas para no perderla.

Así fue como terminó encerrada en mi sótano.

piesencadenadosLo acondicioné perfectamente y lo amueblé para que estuviera cómoda, pero sus constantes intentos por escapar me obligaron a encadenarla a la cama. Ella no entendía que no podía dejarme; que debía estar ahí, por su propio bien, por el bien de ambos.

Luego de un tiempo se volvió más dócil: ya comía y aceptaba que le lavara el cuerpo y le cambiara la ropa. Ahora podíamos pasar más tiempo juntos, como antes, mejor que antes.

Pero aún así no sentía que fuera totalmente mía. A veces me despertaba asustado en las noches, temiendo que hubiera huido, que alguien la hubiera raptado, pero bajaba al sótano y la encontraba ahí, acostada, encadenada, mía. Eso me tranquilizaba.

Un día me convenció de que la soltara. Me prometió que no escaparía, pero rompió su promesa. Fue entonces cuando tuve que ponerme violento.

Yo nunca hubiera hecho nada para lastimarla, pero ella insistía en dejarme, en abandonarme, en romper todo lo que teníamos juntos.

Entonces se me ocurrió la idea, una idea para que ella nunca más pudiera escapar de mí, para que fuera completamente mía; para que fuéramos uno del otro, uno en el otro.

Ese día limpié el sótano como nunca, lo adorné con flores y velas, y limpié todo su cuerpo con esencias y aceites. Nunca lució tan bella.

carnePor supuesto que gritó al principio, cuando le corté la primera mano, pero eso no arruinó su belleza, ni un poco. Luego, sólo se dedicó a llorar, mientras amputaba a la altura de los codos, de los hombros… Pronto, quedó desmayada por la pérdida de sangre, lo cual facilitó mucho mi tarea, y corté pies, piernas, muslos. Al final abrí el torso, le quité las vísceras y lo corté en trozos.

¡Qué sensaciones, qué deliciosos momentos! Al fin podía poseer a mi amada, poseerla de una manera tan íntima y personal como nunca antes ni después hombre alguno poseería a una mujer.

Despegué la carne de los huesos, la junté y la limpié, y la subí toda a la cocina. No fue nada fácil, pero con cuánto gusto lo hice; ella se habría sentido orgullosa al verme, al ver lo que hacía por nosotros, por nuestra relación.

Los días siguientes, no sabría decir si fueron semanas o meses, me dediqué a consumar nuestro amor, a consumir aquella carne adorada en un acto que mezclaba cuerpos y almas.

Al fin era mía, al fin éramos uno. Esta vez no podría dejarme, porque ahora habitaba en mí, en mi carne y en mi sangre, y su esencia mi acompañaría hasta el último de mis días.

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