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Los 50 más bellos: diferentes caras de la belleza

Belleza material es lo que simpatiza con los ojos y llena el corazón, pudiéramos decir, pero estos son efectos de la belleza y no la belleza misma. – Juan Montalvo en Siete Tratados.

Bellos de People

Por: Frederik Franco

Este mes se publicó la vigésima edición del número especial que hace la revista People en Español dedicado a las 50 personalidades más bellas del mundo del entretenimiento. Para ello se reunieron 20 artistas en cuatro sesiones fotográficas, una para cada portada que tendría esta edición.

Anualmente, tanto la edición en español como la versión en inglés de la revista hacen listados en los que presentan a la sociedad los arquetipos a seguir: personas virtuosas, talentosas y bellas, con carreras envidiadas y que han alcanzado sus sueños a base de esfuerzo y trabajo. Este 2016, el público tuvo la oportunidad de votar por sus estrellas favoritas para colocarlas en esta exclusiva lista.

“La belleza depende del ojo con que la mires”, dice el editor de la revista, Armando Correa. Y mientras algunos podrían coincidir o no con esta idea, la belleza tiene distintas caras. De hecho, esto pudimos corroborarlo durante la sesión fotográfica que se hizo en México con Danilo Carrera, Sebastián Rulli, Angelique Boyer y Dulce María.

En la actualidad, los cánones están dictados por productos comunicativos que son consumidos por las masas, volviéndose parte de la cultura popular. Y mientras este concepto de belleza recae mucho más en el aspecto material de las cosas (la belleza física), las personas comúnmente tienden a hablar de la belleza interior como símbolo inequívoco de la virtud.

Desde su propia experiencia, estas personalidades del ambiente artístico nombraron algunas características de lo que para ellos podría ser la belleza humana. Las respuestas fueron tan diferentes como sorprendentes. Tal vez un discurso aprendido a lo largo de los siglos para confortar a aquellos que no poseen la gracia de la belleza, como lo deja entrever Juan Montalvo, que habla de la existencia de esta postura desde el tiempo de los griegos, pero que nos muestra al menos las dos caras más conocidas de la belleza: la externa y la interna.

De la vista nace el amor

“No solamente tienes que ser el más guapo o la más guapa”, dice Danilo Carrera, mientras que Sebastián Rulli menciona: “Tendría que tener una personalidad y una forma de ser que me atraiga”. Por su parte, Dulce María dijo: “Yo creo que tener personalidad, una identidad y que sean auténticos, eso es lo que a mí me parece bello de alguien”.

Las celebridades en cuestión no apelaron a los atributos físicos que podrían colocar a alguien en el gusto de las demás personas, sino a virtudes como la perseverancia, la originalidad, la espiritualidad, y en general ser un modelo a seguir. La ironía radica en que si estos fueran los criterios para colocar los estándares de belleza, o por lo menos para realizar el listado de la revista, ¿cómo sabría el público, el editor, sus compañeros, que ellos poseen belleza, cuando estas cualidades no pueden ser percibidas por los sentidos?

“La belleza es una idea abstracta sujeta a los sentidos”, dice Juan Montalvo en la serie de ensayos Siete Tratados. Podría parecer una obviedad arraigada a nuestra cultura, pero permea en todos los aspectos de nuestras vidas.

La modelo de alta costura y moda deportiva Cameron Russell dijo durante una de sus pláticas TED: “He tenido muchas cosas gratis por la forma en la que luzco, no por quien soy. Y también están estas personas que han pagado un costo por cómo lucen, no por quienes son”, refiriéndose a la forma en la que la belleza es sublimada por encima de cualquier otra característica, justamente porque es lo que se percibe de forma inmediata.

¿Instinto o cultura? Las leyes de la atracción

Existen varios estudios que podrían darnos cuenta de las ideas que la sociedad tiene actualmente sobre la belleza. Brent Scott, investigador de la Universidad del Estado de Michigan, descubrió que la gente guapa suscitaría diversas emociones positivas en quienes la rodean, dando lugar a sentimientos como la confianza y la sensación de seguridad, por lo que la gente atractiva sería percibida como más amigable y accesible.

Este fue el camino que inconsciente o conscientemente eligieron los artistas en sus respuestas: querían crear una representación del hombre en su máximo esplendor humano. Sin embargo, su posición en la lista como seres atractivos físicamente podría verse desde otro ángulo, uno más evolutivo.

Angelique BoyerDenis Dutton, en su ponencia Una teoría Darwiniana de la belleza, señala que las personas no solo están condicionadas por su cultura para tener una uniformidad de gusto estético. “La experiencia de la belleza, con su intensidad emocional y placer, pertenece a nuestra psicología humana evolucionada”, dice Dutton.

El filósofo hace hincapié en que la apreciación de la belleza proviene de una forma de evolución conformada por la selección sexual. “La experiencia de la belleza es una de las formas que la evolución tiene para despertar y sostener el interés o la fascinación, incluso la obsesión, con el fin de alentarnos a tomar las decisiones más adaptativas para la supervivencia y reproducción”, asegura.

En todas estas posturas se puede considerar que la belleza queda puesta a disposición del observador en todas sus variantes, pero en esta ocasión es la belleza humana la que nos pone a cuestionar por qué ciertas personas y no otras pueden entrar en una lista que selecciona lo mejor de lo mejor.

Dutton menciona un punto que puede respondernos esta pregunta: “Los humanos tenemos un gusto innato permanente por representaciones virtuosas en las artes”. La música, el cine y la televisión (esta última principalmente en las culturas hispanoamericanas) son apreciaciones altamente populares.

Si la comunidad artística, así como los griegos en su momento, han pasado la barrera de la belleza física al haberla conquistado, no sorprende entonces que las respuestas otorgadas en su sesión fotográfica tengan más que ver con las cualidades bondadosas de la humanidad, pues serían el reflejo del “todo” al que el hombre habría de acceder para llegar a la perfección.

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